Edimburgo da para mucho, desde puntos históricos, pasando por rincones maravillosos para llenar el estómago y darle una patada al hígado a base de whiskey, hasta vistas que te dejan con la boca abierta y parques preciosos en los que hacer picnics bajo el sol (cuando le da por salir…). Pero en esta entrada vamos a dar un paseo por sus la parte más histórica de la ciudad y a contarte qué encontrar si simplemente te apetece deambular entre calles con encanto y edificios misteriosos sin entrar a lugares turísticos.
El casco antiguo está en alto justo al sur del centro moderno de la ciudad. Las calles de esta zona, que dan sensación de robustez por sus suelos y fachadas de piedra oscura, te hacen sentir como dentro del escenario de una peli de María Stuart de Escocia. Durante el día están llenas de vida con sus tiendecitas de jerseys de la famosa lana escocesa y sus whiskerías allá donde te lleven tus pies.
La Royal Mile es la calle principal de la parte antigua de la ciudad, que conecta en un extremo el Castillo de Edimburgo y en el otro el Palacio de la reina, que es residencia de la actual monarca cuando visita esta ciudad. Algunos de los edificios que encontrarás a tu paso por esta calle son el Parlamento escocés, la Catedral de St Giles y el Museo de Edimburgo.
En uno de nuestros paseos por esta preciosa calle nos llamó la atención la música y la algarabía que venía de una iglesia. Cuando muertos de la curiosidad asomamos la cabeza para ver lo que se cocía allí dentro nuestros ojos no daban crédito a lo que tenían delante: una especie de mercado a base de tenderetes en el que podías encontrar ropa vintage de lo más mona y sentarte a tomar un latte en lo que un día fueron capillas mientras disfrutabas de la música, que poco tenía que ver con cánticos celestiales.
A modo de curiosidad, los cementerios por estas tierras suelen tener un concepto distinto al que estamos acostumbrados. No suelen tener muros que ni puertas, así que sin pretenderlo acabamos deambulando entre tumbas en lo que pensábamos que era un parque al principio.
Una cosa que nos llamó la atención es una especie de franquicia de la ciudad llamada ¨Oink¨ y que puedes encontrar varias por sus calles. Suponemos que te imaginas qué se sirve en este lugar por el nombre. Pues sí, cerdo asado, pero no de cualquier manera, sino que desmenuzan la carne y la ponen en unos bollitos blanditos y calentitos, y luego le echan verduritas, queso a tu elección y salsas típicas. Y ale, ¡a reponer energías que luego hay que subir y bajar cuestas!
Conforme va llegando la noche un halo de misterio y tenebrosidad envuelve esta zona de Edimburgo. Los callejones que conectan las vías principales parecen más estrechos aún y los edificios de piedra lucen más imponentes. Las siluetas de las torres de la ciudad se tiñen de negro y las luces anaranjadas muestran una ciudad apaciguada y sobria. Si a eso le añades el sonido de la lluvia y la ausencia de personas te llegas a creer que te va a salir algún guardia del siglo XVI para meterte en las mazmorras del castillo.
El contacto que tuvimos con locales los días que estuvimos allí fue genial. Todos fueron muy amables con nosotros y siempre tienen una sonrisa en la cara. La sensación que nos llevamos de ellos (y esto son opiniones personales y subjetivas) es que son gente sencilla y alegre. ¡Con el clima que tienen al norte de la isla más les vale ser optimistas y ponerle color a los nubarrones a base de cuadros escoceses!