Todos hemos querido cruzar ese larguísimo puente rojo, y todos hemos soñado con tener la ciudad de las cuestas más empinadas a nuestros pies y sentir la brisa del Pacífico entrando por la bahía más famosa del mundo entero.
Quién no ha deseado ir a la ciudad más abierta y tolerante de todo el nuevo continente, el sitio donde la solidaridad y la libertad dieron paso al movimiento más revolucionario jamás conocido y en la que se han construido los muros de la prisión por la que han pasado los criminales más famosos de la historia.
Ciudad de contrastes y de sorpresas, de luces y de niebla, víctima de la colonización española en el siglo XVIII y superviviente a uno de los peores terremotos de todas las épocas en 1906.
Este es un lugar que no deja indiferente a nadie, que te llama y te hace formar parte de él, que sientes la necesidad de explorar desde el momento en que te bajas del avión y que te camela con cada una de las cosas que te cruzas al paso, donde subir las cuestas no cansa tanto por la anticipación de las vistas que te esperan arriba, donde cada calle es interesante y cada barrio tiene una identidad única, donde el arte rebosa y convierte la ciudad en una enorme galería urbana.
San Francisco nos cautivó.
Aterrizamos una tarde de junio y lo primero que pudimos comprobar es que esa famosa niebla espesa que rodea la bahía no es una leyenda urbana. Las zonas altas de las colinas de la ciudad sobresalían entre los nubarrones de niebla y ante tus ojos aparacía un paisaje de lo más peculiar donde montañas con casitas de colores parecían estar asentadas en nubes grisáceas. Desde el tren que nos acercó desde el aeropuerto hasta el centro vimos como la niebla daba lugar al sol y San Francisco quedó soleado para darnos la bienvenida.
Nunca habíamos imaginado asomarnos a la ventana de nuestro hostal entre el barrio chino y el financiero y encontrarnos con un mural pintado del tamaño del edificio homenajeando la música, una de las pocas cosas buenas creadas por el ser humano. El barullo nos llamaba a voces, calles llenas de gente y tiendecitas chinas, música viniendo de la calle y un restaurante mejicano esperándonos abajo con unos burritos increíblemente buenos.
Tras llenarnos la barriga fuimos a descubrir un poco la ciudad y desde los primeros pasos que dimos supimos que San Francisco sería una de esas ciudades que no dejan de sorprender. Y así fue.
Pasamos nuestras primeras horas perdiéndonos entre las calles y las empinadas cuestas del barrio Russian Hill hasta dar con Lombard Street, un precioso pasaje de adoquines rojos lleno de setos y flores conocida por sus ocho curvas en un cortísimo trayecto y que aparentemente la convierten en la calle más torcida del mundo.
El panorama al horizonte desde este lugar es equivalemente bonito a las vistas cercanas de las casas y edificios de esa zona, que son súper coloridas con enormes ventanales y balcones como protagonistas.
Cada uno de los barrios fue un nuevo descubrimiento con una personalidad única, pero todos ellos tenían en común el buen rollo y la multiculturalidad. Lo que más nos sorprendió es el estilo de vida tan relajado que se respira en esta ciudad, las calles estaban a repletas de gente sonriente y con una filosofía de vida bastante más relajada que en el resto de lo que conocemos de América del Norte. Las terrazas de los bares estaban a rebosar y el algaravío reinaba entre sol y cervezas.
Como todo visitante de San Francisco, el momento cable car fue de lo más esperado. En este maravilloso transporte olvídate de puertas y cinturones, te sientas (o te quedas de pie) al aire libre agarrado a unas barras y de tí depende no caer de bruces. Por suerte estas reliquias en movimiento montaña arriba y abajo suelen circular a un paso bastante lento, por lo que aunque seas un poco patoso no hay problema para sobrevivir al trayecto. No encantó que este atractivo turístico siga manteniendo su esencia y los mecanismos de siempre a la hora de utilizarlo. Dos personas son las encargadas de poner en cacharro en marcha y de pararlo cuando sea necesario, frenando con un enganche directamente cogido al cable que circula por las calles de esta ciudad.
San Francisco lo tiene todo. Edificios altos, zonas de relax y diversión, lugares en los que disfrutar del sol y sitios en los que regalarle a tus ojos estampas maravillosas. Parques en los que perderte y barrios lleno de murales. Esta ciudad tiene historia para todos los gustos y es una genial anfitriona acogiendo a personas de todos los lugares creando ambientes tan únicos como los que se ve en cualquier bar o paseando por sus empinadas cuestas. Es una ciudad llena de diversión que desprende vitalidad y engancha a cualquier turista.
A nosotros nos dejó con ganas de más, ¡amenazamos con volver!
La ciudad de San Francisco que conocemos por las películas que hemos visto me encanta como lo expresais , si que dan ganas de ir a visitarla
Sin duda el sueño de mi vida visitar y conocer el otro mundo detras de mi puerta espero cumplirlo algun dia