Las Vegas es una ciudad que siempre nos la venden como un lugar lleno de diversión, glamour y un sitio perfecto para pasar unos días entre cócteles y ruletas de la suerte.

Hollywood tiene algo muy importante, y es que sabe vender increíblemente bien lo suyo. Y esta urbe forma parte de esa América que pretende ser el nova más pero que cuando la visitas se te caen mitos mires hacia donde mires.

Quizá vale la pena anotar que nosotros tenemos una perspectiva distinta de ver las cosas a algunas personas. La naturaleza y la sociedad nos importan mucho, por lo que esta experiencia subjetiva puede que no sea compartida por todo el mundo. Aún así, siempre es bueno compartir pensamientos y nuevos puntos de vista.

No paramos por este excentricismo de edificios más de unas cuantas horas. Las suficientes como para saber que no nos identificamos para nada con el turismo que allí se desarrolla, por no mencionar el enorme atentado medioambiental que supone mantener activa esta ciudad.

Las Vegas

El consumismo, la enorme oferta de comida rápida y la contaminación son las primeras cosas que llamaron nuestra atención cuando bajamos del coche. Nos chocó bastante la cantidad de familias con niños que había pululando por las calles y los casinos, y el contraste de ver estas estampas junto a camiones que publicitaban negocio sexual a todo trapo y chicas abordándote desnudas (excepto por un tanga) sin importar si un menor iba de la mano de la persona a la que estaban ofreciéndole sus servicios. Conste que nosotros somos bastante liberales y que la escasez de ropa es algo que vemos fenomenal, lo que nos impresionó muchísimo fue la actitud de estas personas sin importar la presencia de menores.

Aún no andábamos muy recuperados de ese asombro cuando empezamos nuestra ruta por los distintos casinos-hoteles que, hay que reconocer, algunos son obras de arte, hasta que entras y se te cae el alma a los pies de sentir que el ser humano en vez de evolucionar vamos para atrás. Y aquí pensarás y qué esperas si vas a Las Vegas… Pues sí, pero entrar al interior de un ¨castillo¨ (muy bonito por fuera hay que decir) y que lo primero que recibas sea una bofetada de olor a tabaco no deja de chocar.

La mayor atracción de esta ciudad es el juego, por lo que los casinos disponen de sus propios hoteles dentro del mismo complejo. Cada uno ambientado, tanto por fuera como por dentro, en la temática principal de estos paraísos del azar. Los halls son casinos enormes en los que lo que pensabas que ibas a encontrar tipos con esmoquin y mujeres adorno entaconadas y con vestidos de terciopelo, pero en lugar de eso te encuentras al típico turista obeso en pantalón corto y los tacones de las señoras solitarias son sustituidos por chancletas. Eso sí, lo que sí se mantiene es el puro en la boca y el correspondiente cocktail que acompaña mientras la gente tira su dinero por las rendijas de esas máquinas que los hipnotizan.

Ya que estábamos allí decidimos dar un paseo por el interior de algunos de esos edificios tan tremendos y por si no habíamos tenido suficiente descubrimos, con mucho estupor, ¡que había casinos para niños! Literalmente, los padres habían soltado allí a sus pequeños y éstos se dedicaban a ir de máquina en máquina echando monedas y pulsando botones impulsivamente. Nada de conversación ni interacción. Pasaban de largo unos de otros sin mediar palabra ni miradas, ignorándose centrados en dónde gastarían sus siguientes monedas. Esa escena fue la que más nos impactó de esta ciudad y fue la que nos hizo casi salir corriendo en busca de algún lugar para comer y poder escapar de aquel caos.

Las Vegas

Pero esa fue otra aventura, esos lugares son como pequeños laberintos y cuando creíamos que habíamos encontrado una salida nos dimos cuenta de que sí, habíamos salido del casino en el que estábamos, pero automáticamente ese pasillo nos había llevado al que estaba justo al lado. ¡Viva el consumismo señores!

Una vez fuera y a punto de derretirnos sobre el asfalto (¡y somos de Córdoba!) intentamos buscar un sitio para comer que no estuviese muy mal, pero tras un buen rato caminando entre cadenas de comida rápida sin encontrar nada que mereciese la pena acabamos haciendo el guiri americano en una de ellas.

No visitamos muchos casinos, pero sí los suficientes como para decir que las personas que deciden pasar sus vacaciones en este conglomerados de ladrillos dorados y luces artificiales son de todo menos la imagen de Glamour que seguramente tengas en tu cabeza.

De todos los que estuvimos, París es el más bonito en su interior, transportándote a las calles parisinas y casi haciéndote olvidar que estás dentro de un enorme edificio. Los callejones están perfectamente simulados, con suelos adoquinados y pasajes con farolas antiguas que dan paso a restaurantes y patios con jardines. Los balcones de las habitaciones dan a esas callejuelas interiores repletas de vida, y cuando miras hacia arriba encuentras techos altos con cielos perfectamente pintados.

Las Vegas

En el poco tiempo que estuvimos por la calle (porque la zona turística es una enorme avenida de kilómetros y kilómetros de larga) también nos dio tiempo a ver esas capillas del amor de borrachera en que uno suele casarse vestido de Elvis o Marilyn. Hemos de decir que es lo más gracioso que nos resultó de esta ciudad. Hay pequeñas iglesias en las que puedes contratar tu boda horas antes. ¡Anda que no ahorraría líos de organización si todo el mundo decidiese casarse así!

Sin quitar el mérito de la decoración de la mayoría de sus edificios, que son prácticamente obras de arte, desde nuestro punto de vista Las Vegas es una ciudad que dejó mucho que desear en casi todos los sentidos.

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